Hace poco el lector de libros electrónicos de Amazon, Kindle, ha vuelto a ser noticia por haber eliminado a distancia todas las copias de ciertos libros que sus usuarios habían comprado a través de la tienda de Amazon, por una supuesta infracción de propiedad intelectual, reembolsando el dinero pagado por esas copias a sus usuarios. Irónicamente, uno de los libros eliminados es 1984, de George Orwell.
Al parecer, la editorial que puso a la venta en la tienda de Amazon copias electrónicas de 1984 y otros libros, no poseía los derechos para su venta. A pesar de que en muchos países 1984 haya pasado ya al dominio público, 60 años después de su publicación, en Estados Unidos tendrán que esperar al 2044, lo que no es obstáculo para que se pueda encontrar el libro para descarga en multitud de sitios web basados en países donde el libro es de dominio público.
Aparte de esta consideración (¿habría que haber tenido en cuenta el país de residencia del poseedor del Kindle a la hora de eliminar o no su copia?), queda de manifiesto el control del dispositivo por parte de Amazon, que ya en mayo eliminó copias de Atlas Shrugged de Ayn Rand y desactivó funcionalidades de audiolibro en otros títulos. Ya no sólo es necesario pasar obligatoriamente por Amazon para comprar libros para el Kindle, en un ecosistema cerrado como el que tenía Apple en iTunes-iPod, o el que goza Nestlé con Nespresso, si no que además, sin previo aviso, Amazon puede tomar el control de un dispositivo de tu propiedad, acceder al contenido por el que has pagado y eliminarlo. En otras palabras, el Kindle tiene un diseño defectuoso.
Por eso es importante la existencia de software y hardware libre, sin DRM, que permita que el control sobre el dispositivo y sobre su contenido lo tengan los usuarios, no la empresa que lo provee.